Es el edificio que le da color a la Plaza del Obispo y, para mí, una de las joyas barrocas más potentes de Andalucía. Todo el mundo se queda fuera haciéndose el selfie con la fachada roja y ocre (que es una maravilla), pero cruzar el umbral es lo que realmente te cambia la perspectiva de la zona.
Lo mejor: El patio principal es un remanso de paz absoluto. Si vienes saturado del jaleo turístico de la calle Larios o del agobio de la Catedral, este es el sitio perfecto para bajar pulsaciones. Las exposiciones de Ars Málaga suelen estar muy bien montadas; a veces mezclan arte sacro con cosas más contemporáneas de forma muy valiente. La escalera imperial de mármol es, sencillamente, de otro planeta.
La cara B: Tienes que saber a lo que vienes. Si el arte religioso o la historia de la Iglesia no te interesan lo más mínimo, quizás los 6€ de la entrada se te hagan cuesta arriba solo por ver el edificio. Además, a veces la iluminación de las salas es un poco precaria y se echa en falta algo más de información contextual en algunas piezas.
Veredicto: No es un sitio para ir con prisas. Merece la pena entrar aunque sea solo por disfrutar del silencio y de la arquitectura interior, que es espectacular. Si solo te quedas con la fachada desde la plaza, te estás perdiendo la parte más íntima y real del edificio. Un imprescindible si buscas algo más que la foto típica de Málaga.