Bar El Estrecho es uno de esos lugares que conservan la esencia de toda la vida. Desde que entras, transmite cercanía y esa sensación de cocina tradicional, de las que evocan elaboraciones a fuego lento y sin artificios. El suelo hidráulico, el mobiliario y la decoración contribuyen a crear un ambiente auténtico y con mucho encanto.
La comida me gustó. La ensaladilla fue, sin duda, uno de los platos que más disfruté, muy bien elaborada y con un sabor excelente. La textura de la patata un poco entera me encanta. Las frituras también estaban muy conseguidas, ligeras y perfectamente ejecutadas, mientras que las albóndigas completaron una propuesta que, en líneas generales, me pareció acertada.
Sin embargo, hay varios aspectos que empañaron la experiencia. El primero es el precio de las medias raciones, que me pareció claramente desproporcionado para la cantidad servida. Los platos de la imagen, a 13,50 cada uno. La calidad es buena, pero las porciones no justifican el importe que se cobra.
La carta de vinos también me llamó la atención, aunque por motivos distintos. Encontré márgenes muy elevados en algunas referencias; como ejemplo, una botella de Malleolus a 85 €, un precio que me resultó difícil de justificar. Lo mismo sucede con las bebidas: pagar 4,50 € por un tercio de cerveza me parece excesivo, incluso teniendo en cuenta que estamos en una zona turística.
Otro detalle que no terminé de entender fue el ritmo del servicio. Todos los platos que habíamos pedido llegaron a la mesa en apenas 17 minutos. La rapidez siempre es de agradecer cuando está bien medida, pero en este caso tuve la sensación de que se buscaba más la rotación de las mesas que permitir disfrutar de la cena con tranquilidad. Ese ritmo tan acelerado desluce una propuesta que, por el tipo de cocina y el ambiente del local, invita precisamente a lo contrario.
En definitiva, disfruté de la comida y entiendo por qué Bar El Estrecho sigue siendo un referente en Marbella. Sin embargo, creo que una política de precios más ajustada y un servicio menos precipitado mejorarían notablemente la experiencia. Es un lugar al que merece la pena ir por su cocina y por su personalidad, aunque, en mi opinión, la relación calidad-precio resulta elevada y termina condicionando la valoración final.