Lo que podía haber sido un magnífico sábado en familia se ha convertido en un amargo sábado. Desde que llegamos al bar Zea todo han sido despropósitos por parte del personal, comenzando por el que supongo que es el dueño.
Al pedir una mesa a una de las camareras, esta nos la cede en la terraza muy amablemente, pero contra todo pronóstico, el dueño decide que esa mesa está reservada (sin previo aviso de la camarera) y nos sitúa en el salón. Salón que está a rebosar y en una mesa puesta al azar justo al lado de los baños y probablemente sin número de comanda. Claro, no le salía rentable ocupar en terraza una mesa para dos pudiendo llenarse los bolsillos con una mesa para cinco.
A continuación, y después de una larga espera vienen a tomarnos nota, tras hacerle varias señales. Comanda que constaba de un par de platos de calamares y rosada (algo fácil de elaborar, freír y sacar), media ración de paella que ya estaría preparada y un par de tapas de ensaladilla rusa que primero llegó una y al rato la otra, caliente por cierto.
Tras más de una hora esperando, las ganas de comer se evaporaron y tuvimos que cancelar los calamares y la rosada. Ni estaban, ni se le esperaban. Ni el más mínimo interés de arreglar la situación, ni solucionarnos nada y por supuesto ni unas disculpas por parte de ese encargado/dueño.
Resultado, salimos sin comer prácticamente y con un mal sabor de boca.
Una auténtica vergüenza.