Este espacio protegido actúa como el auténtico pulmón verde de la Costa del Sol, situándose a tan solo cinco kilómetros al norte del centro urbano de la ciudad de Málaga, lo que permite pasar del nivel del mar a cotas que rozan los mil metros de altitud en apenas unos minutos de trayecto.
A pesar de su frondosidad actual, el parque es fruto de una masiva reforestación humana iniciada en la década de 1930. Tras siglos de talas indiscriminadas para el cultivo, el suelo perdió su capacidad de retención, provocando que las lluvias torrenciales inundaran el centro de Málaga de forma sistemática; la plantación de millones de pinos carrascos consiguió frenar definitivamente este problema.
La arquitectura tradicional de la zona está marcada por los lagares, edificaciones rurales que durante los siglos XVIII y XIX combinaban la vivienda con la producción industrial de vino, aceite y pan. El Lagar de Torrijos es el ejemplo mejor conservado y funciona hoy en día como ecomuseo para mostrar cómo era la vida y el trabajo en la sierra.
Su red hidrológica es fundamental para la provincia, ya que el parque abarca casi en su totalidad la cuenca vertiente del río Guadalmedina por su margen izquierda, alimentando el embalse de El Limonero, una de las infraestructuras clave para el abastecimiento de agua y la regulación de avenidas de la capital.
La gastronomía del parque es un reclamo turístico en sí misma gracias a las "ventas" (restaurantes de carretera tradicionales) que salpican la ruta. En ellas se sirve el famoso plato de los montes, una combinación hipercalórica de lomo en manteca, migas, chorizo, huevo frito y patatas que antaño servía de sustento a los trabajadores del campo.
El ecosistema destaca por albergar una de las colonias más importantes de camaleón común en Andalucía, una especie protegida que comparte hábitat con aves rapaces como el águila calzada y el azor, además de mamíferos como el jabalí, la gineta y el tejón.